La predicción meteorológica era de que el cielo caería sobre nosotras,
Ámsterdam desaparecería bajo la inundaciones que provocaría el mar y moriríamos
ahogadas. Pero cuál fue sorpresa la nuestra cuando bajábamos del avión que nos
encontramos el cielo despejado con alguna nube como simple compañera del sol,
blanca y pura. El mismo cielo que nos acompañó (más o menos) a lo largo del
viaje, salvo algún que otro xirimiri de poca monta.
De camino a la ciudad en el tren, mirábamos esas calles impolutas,
perfectamente cuadriculadas y apatrulladas por miles de hordas de bicicletas.
Llegamos así a la estación central, y me abofeteó el déjà vu que me indicaba que yo había estado allí
antes. Anduvimos 5 minutos hasta encontrar nuestro infernal hostal (he ahí mi
incompetente déjà vu que había decidido erradicar cualquier recuerdo al
respecto), el Bob’s youth (fucking) hostel, el mismo donde dormí la vez
anterior. Creo que la venganza por haber
hecho una reserva para 4, y aparecer 3 supuso que nuestro gran amigo
recepcionista nos diera la habitación más infrahumana del hostal, para llegar a
la cual teníamos que ascender por miles de escaleras, mientras nuestros glúteos
y piernas se endurecían a la velocidad de la luz, como en un curso intensivo de
GAP.
La calidad-precio de la habitación no había por dónde agarrarla. Sábanas blancas de dudosa higiene (“no están limpias, o se mancharon de manchas que no se van por más que laves”, bendita juventud y la extraña capacidad de sobrevivir frente a las adversidades sin que le importe a una), con unos colchones que te reventaban la espalda y unas baldosas del suelo cuya limpieza desconocíamos cuándo se hizo por última vez. Pero qué importaba si todo aquello nos iba a producir erupciones cutáneas o urticaria, estábamos en Ámsterdam y la ciudad nos esperaba.
La calidad-precio de la habitación no había por dónde agarrarla. Sábanas blancas de dudosa higiene (“no están limpias, o se mancharon de manchas que no se van por más que laves”, bendita juventud y la extraña capacidad de sobrevivir frente a las adversidades sin que le importe a una), con unos colchones que te reventaban la espalda y unas baldosas del suelo cuya limpieza desconocíamos cuándo se hizo por última vez. Pero qué importaba si todo aquello nos iba a producir erupciones cutáneas o urticaria, estábamos en Ámsterdam y la ciudad nos esperaba.
Así que decidimos salir a la calle y aprovechar el buen tiempo y la luz, para pasear entre sus canales, las casitas tan estrechas y jefas…sigue tan bonita como la recordaba! Y basta con caminar sin orden, ni dirección alguna, sólo dejándose llevar allá por donde los canales quieran llevarte, pasando por mercados encontrados de manera casual, donde venden miles de flores, chocolates y quesos para comprar.
| Mercado de las flores con sus cebollinos |
Entre las curiosidades de la ciudad, aparte de aquellos que hacen este viaje para enclaustrarse en los coffe-shops, está el famoso barrio rojo. Calles llenas de escaparates de luces de neón, con mujeres en ropa interior llamando a cualquiera que busque compañía, mientras se contonean mostrando sus encantos (mientras paseas te vas haciendo minúscula poco a poco exclamando “ala qué tetas, mira qué culo.. y yo con estas pintas!", jajajaja. Llama la atención la manera en la que todo el mundo nos quedábamos mirando al escaparate, y sobre todo, por la manera de tratar la prostitución a diferencia de… todo el planeta, jajaja.
| Red lights of Amsterdam |
Y cómo olvidarnos de la cantidad de bicicletas, que son dueñas de la ciudad. Cruzar la carretera nunca resultó tan peligroso, ya que ya no hay que vigilar sólo a los coches, aquí hay que tener en cuenta a las bicis que aparecen también de ambos sentidos, van muy rápido y si te tocan, ni se inmutan y continúan pedaleando. Tuvimos intención de alquilar unas pero la posibilidad de perder la vida sobre ellas, hizo que descartáramos la idea.
Pero no todo fue caminar, andar y (re)descubrir, también hubo momentos de sentarnos a tomar algo para guarecernos del frío y ponernos hasta el culo de chocolates calientes.
Decir que Ámsterdam me ha vuelto a encantar, y antes de irnos ya estaba queriendo volver. Tiene un no sé qué, que… qué sé yo!
Pero siempre siempre siempre, agradecer la compañía de estos viajes sociales, que sirven de terapia de la buena. Buen rollo, risas (muchas risas) que hace que vuelvas a casa con las pilas cargadas y con el karma nuevo, si es que existe… y si tengo de eso!
| La vergüenza nos abandonó de la vergüenza que le dimos |













